domingo, 16 de septiembre de 2012

A ti, Luna

La suave mano de la luna nos acuna esta noche
tranquiliza nuestros miedos y nos ayuda alcanzar nuestros sueños.
Así es como nuestra hermana Luna nos enseña el camino.
 

Con una ligera sonrisa la luna se acaba
se despide de nosotros para morir.
Y en poco tiempo renacerá y volverá a vivir. 
Como nuestras esperanzas
nuestros sueños;
después de esta oscuridad renaceremos y brillaremos más que cualquier estrella.
 Buenas noches y descansad, recuperad las fuerzas y las ganas de luchar. 
Mañana es tu día, construye tu camino, renace.


No puedo leer lo que no está escrito
ni escuchar lo que no se ha pronunciado. 
Sin nada que me oriente no se donde encontrarte. 
Solo una risa tras un velo de oscuridad
solo durante un instante breve te dejas ver. 
¿Acaso puedo atisbar lo que se avecina por los hoyuelos de tus mejillas?
Por tu blanca tez pretendes que me aventure en este mundo cruel

donde las personas no saben entenderse, ni reírse, ni abrazarse.
Pides mucho para alguien tan pequeño
pides mucho
que cumpla mis sueños.
Y aunque la pereza me abrace, la impaciencia se apodere de mi
lo haré, lo haré por ti.
Porque siempre me acompañas
en las malas noches y en las buenas mañanas.
Porque la que ha estado a mi lado y la que conoce lo que he amado.
Porque hacerlo por ti es hacerlo por mi
compartimos el mismo camino, ese que a diario escribimos
con sangre y sudor. 
Ya es hora de olvidarse del pudor y alzar la vista al frente
ya toca pelear
perseguir lo que querido siempre.

lunes, 3 de septiembre de 2012

El niño del tambor

Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo, unos padres le regalaron a su hijo pequeño un tambor. El niño estaba feliz, no dejaba de aporrear el tambor. Todos los días a todas horas no hacía otra cosa.
Se levantaba, tocaba el tambor.
Desayunaba, tocaba el tambor.
Paseaba, tocando el tambor.
Dormía soñando que tocaba el tambor.

Los vecinos del pueblo empezaban a estar molestos, así que sus padres le preguntaron al niño si no quería otro juguete en lugar del tambor. El niño dijo que no, que le encantaba el tambor.

Sus padres sin saber que hacer fueron a consultar a personas expertas en educación infantil, unas le sugerían que ignoraran al niño que ya se cansaría, otras que se lo quitaran a la fuerza, algunas que le dieran más cariño al niño y dialogaran con él, también habían quien aconsejaba que lo castigaran.

Pero ninguno de estos consejos dio resultado.

Los padres ya estaban desesperados y un día se acercó un hombre muy viejo al niño con un cincel y un martillo, le dio las herramientas y le dijo:

"El tambor suena muy bien ¿Quieres saber como funciona por dentro?"


adaptación de un viejo cuento sufí